Como desde hace año me detestabas
por que a tu real saber y entender yo había sido
el mal marido de una amiga tuya
me elegiste para hacerme decir de tu marido
cosa que repetiste al inventarla
que yo había dicho de él, entre amigos comunes
en una casa precisa
“es un perfecto mediocre”
se te ocurrió darle esa aguja en el costado
celebro aquí esa gran precisión
de la perversidad femenina
Así compenso mis excesos en gloria y alabanza
de las mujeres
Me gustaría escuchar tu versión de los hechos algún día
pero natralmente más allá de la muerte.
¿Recuerdas a la mujer de pechos grandes que conociste en esa fiesta de aniversario de algún colega tuyo y que al final de la noche, reconociste que ella tenía cierta atracción tuya? Bueno, recuerdo que yo dediqué muchos versos de ardido a que alguien me había mal correspondido, y al final sólo fui un vago torpe que escribía pendejadas y que a la semana siguiente encontrar a otra libidinosa con la cual calentar huevos y que al final, atiborrar estas conversas de fallidos fajes.
Pero una mujer fallida ataca con algo más filoso: la astucia.
El ser un perfecto mediocre, como Arquette en Inside Monkey Zetterland, merece ser a la par quién homenajear, escuchar su versión, pero a la altura en la que el cemento ocupe su existir, para cuando ya no tenga el calor en los genitales ni la calentura en la cabeza. Desbordado el odio, la prudencia nace.
Como si el sueño fuera escrito en estrofas regulares
cada nocturno despertar significa
el reacomodarse del cuerpo a su idea fija: que el enemigo
monta guardia en él
sin pegar una sola pestañada
dueño y señor de la ciudadela tomada
¿Recuerdas nuestra pelea en aquella plaza comercial? Donde tu decidiste que lo mejor era gritar y lo que yo decidí fue mirarte. Entonces comprendí que fuí n hipócrita y que la audiencia me reservaba mayor respeto y guardé postura y demostré seriedad, paciencia, un distinto amor y lo que posiblemente se recupera como madurez, aunque reservemos la duda.
Bueno, eramos enemigos. Públicos. Enemigos puros y enemigos apasionados. Tus gritos sólo me significaron cariño, impaciencia y malcriadéz; por mi parte, mi silencio sólo resaltaba burla.
Lo recuerdo tanto como tú recordarás el adiós. Ahora que no nos odiamos, seguramente al leer esto, sabras de mi postura. La conciencia.
De todas las desesperaciones, la de la muerte ha de ser la peor
ella y el miedo a morir, cruz y raya
cuando ya se puede pronosticar el día y la hora
Hay una fea probabilidad de que el miedo a morir y la desesperación
de la muerte sean
normalmente inseparables, como la uña y la carne
Recuerdo a un amigo de otros años él huía de noche de su casa y del hospital
sin más salvoconducto que el que se daría a un condenado en el infierno
se dejaba caer en casa de amigas que no compartían su amor por ellas
condenadamente bellas
exigía con argumentos propios de la ciencia de la locura
que lo recibieran en esas casas como huésped estable
me parecer ver como al final de esas conversaciones imposibles
era reconducido a su madriguera por las señoras y los esposos
en medio del gran silencio, él, el gnomo de la selva negra del amanecer
de vuelta a su anticasa
o al aeródromo de los hospitales pra que no perdiera su vuelo.
O del yo visto desde los ojos del psiquiatra.
Nuestro entusiasmo alentaba a estos días que corren
entre la multitud de igual de días
Nuestra debilidad cifraba en ellos
nuestra última esperanza
Pensábamos y el tiempo que no tendría precio
se nos iba pasando pobremente
y estos son, pues, los años venideros.
Todos los íbamos a resolver ahora.
Teníamos la vida por delante.
Lo mejor era no precipitarse.
¿Habrá gente que contenga la paciencia en sus momentos de crisis? Momentos personales de crisis De impaciencia. Momentos personales de su propia no-persona.
Señora asesora del hogar
prefiero el caos a un resfrío
amigos
prefiero un resfrío al entrenamiento de relaciones personales
Respuesta inmediata a quien opina del sufrimiento ajeno.
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